Jueves 23 de Febrero

Entré por la Puerta de Sevilla y atravesé el barrio del Alcazar Viejo camino de las Caballerizas Reales, se respiraba diferente, la ausencia de coches y la alta densidad de flores de los patios cordobeses hacían muy agradable el paseo en bici.
Con el reciclado uniforme de aceitunero me dirigí a las cuadras. Dos jinetes y el encargado ordenaban el almacén, movían alpacas de paja sobre un suelo de planchas de madera; bajo un hueco me mostraron los restos arqueológicos que aparecieron tras unas catas, los siglos de historia del lugar donde nos encontramos afloran por cada esquina. Desde el primer día que llegué, noté el empeño que tiene el equipo de jinetes de Córdoba Ecuestre en desarrollar su trabajo en Caballerizas Reales con exquisito respeto al lugar donde se encuentran.
Los orines y excrementos de los caballos se retiran cada día del interior de los boxes; se utiliza serrín de las carpinterías para las camas. En el exterior de la cuadra es más incómodo, pero se controla de cerca, el jinete que acompaña al caballo lo retira inmediatamente; los turistas pasean por el monumento y la imagen es muy importante.
Las faenas son muy variadas en la cuadra, no hay tiempo para aburrirse; cuando llegué, ayudé a cambiar las camas de los caballos y repartí una ración de paja a cada uno. Ahora empezarán a trabajar ellos; cada jinete sabe el trabajo que tiene que hacer con cada montura, uno ensayar un paso, otro una cabriola. Un jinete me enseñó a «dar cuerda» con Lucero, desde el centro de la pista le hacía trotar en torno a mí cogiéndole de una especie de cabezal al hocico atado a una larga cuerda que yo manejaba con la mano izquierda, mientras que con la derecha le mostraba un amenazador látigo; la sensación de mareo y las ganas de galopar de Lucero casi me tiran al albero mojado de la pista.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *