Las oportunidades no suelen pasar dos veces frente a tu puerta. Recién acabado de recoger la aceituna, un cliente me propuso conocer el Espectáculo Ecuestre que anuncio en mi mapa turístico de Córdoba desde las mismas cuadras del edificio histórico que lo alberga; no lo dudé y acepté.
Mi ropa de trabajo estaba recién doblada, y al blog no le había puesto el punto final; las herramientas estaban preparadas. La magia del entorno donde están ubicadas las cuadras tuvo mucho peso también en mi decisión: las Caballerizas Reales de Córdoba; un complejo de edificios junto al Alcázar de los Reyes Cristianos construido en 1570 sobre lo que fueron las antiguas caballerizas de la época Califal.
El caballo es el eje central de la experiencia que viviré y es mi gran desconocido. Recuerdo haber montado alguna vez por la playa sobre tristes monturas que caminaban sin entusiasmo formando una fila de emocionados turistas que mas bien parecían jinetes camino del cadalso.
Preparado para lo que me esperaba, agarré el llamador y golpeé con decisión la enorme y antigua puerta de las Caballerizas, pegué el oído y escuché el sonido de los cascos de un caballo y el relincho de otro, no me he equivocado de sitio. Al cruzar esa puerta, te cuelas en la historia. La solera de estos anchos muros de piedra que sostienen los techos abovedados reproducen parte del esplendor de antaño.
Me presenté al encargado y él hizo lo propio con el resto del equipo, pasé un rato con cada uno de ellos. Mientras conversábamos de su trabajo, cada uno seguía haciendo su faena. Un jinete, el cual también hace las tareas propias de los mozos de cuadras, me advertía de las precauciones que debía tomar con los cascos, mientras vendaba las piernas de su caballo; otro iba pelando un mechón de la crin a la altura de la nuca, para que le encaje bien el cabezal, me enseñó a colocárselo al caballo y ajustarlo. Cuando aprendí a ponerlo, me dediqué a visitar a cada uno de los veinte caballos. Entraba hablándole, y cuando me situaba a su izquierda le colaba por el hocico el cabezal de cuadra mientras le pasaba una cincha sobre su nuca rasurada, lo ataba corto a la puerta para cepillarle la crin y la cola. Una primera toma de contacto en la que descubrí la nobleza que tenía toda la cuadra, aguantaron sin rechistar los tirones de pelo al cepillarlo, los empujones para darle la vuelta y los ridículos sonidos que emitía para comunicarme con ellos.

