Hoy es un buen día para conocer el Espectáculo Ecuestre, «pasión y duende del caballo andaluz».
Mi hija Blanka me acompañó; entusiasmada con su vestidito recién planchado y sus zapatos nuevos; montó en el transportín de mi bicicleta con la sonrisa dibujada en su cara.
Llegamos un rato antes de empezar la función; con ojos de asombro vio como cepillaban las crines de los caballos y aún los abrió más cuando se las trenzaba el jinete (con mucha mas soltura que cuando yo le trenzo a ella).
Entramos a ocupar nuestros asientos en el picadero cubierto. Cuidadosamente rehabilitado, conserva su estructura y parte de los elementos originales. Un espacio que no distrae la atención del público ante el espectáculo, y paralelamente lo engrandece por su magnitud. Al ser de día, los recursos técnicos de iluminación no se perciben mucho, pero me aseguraron que lo engrandece mucho más.
La voz en off va presentando los números, evocando la tradición que lo inspira: la faena en el campo, el paseo con la mujer a la grupa, los elegantes y rítmicos pasos al compás de una acertada música, el trabajo a la mano, las cabriolas, los saltos al aire, el baile por sevillanas…
La dinámica coreografía es interpretada con habilidad por los jinetes y sus monturas; la cuidada guarnicionería y el original vestuario ponen el toque de color en un histórico y diáfano escenario que se engalana con detalles técnicos muy cuidados de luces y música haciendo gozar al espectador en la tribuna.
Un mar de aplausos levantó al público al terminar la función, obligó a los artistas a entrar de nuevo a saludar y recibieron otra ovación hasta que abandonaron el picadero, erguidos y balanceando con elegancia sus adornos. Blanka me miró sonriendo cuando quedó la pista vacía, transmitiéndome con su gesto cuanto le había gustado.
Este espectáculo ecuestre, interpretado por este equipo de jinetes y sus monturas ha devuelto el esplendor a las Caballerizas Reales de Córdoba y las ha sacado de la decadencia a la que los políticos le abocaron durante estos últimos años.

