Viernes 9 de Marzo

Al principio me sorprendía la disciplina que tienen los jinetes cada vez que preparan un caballo antes de sacarlo a trabajar al picadero y cuando lo devolvían a las cuadras. Un trabajo muy meticuloso.

Primero limpian los cascos por dentro de la herradura, para que no saque los excrementos fuera del box (cuando le tocas la rodilla te cede el casco, es como pulsar un resorte); a continuación se le cepillan las crines, el flequillo y la cola; después le pasan un cepillo de raíces por todo el cuerpo y un trapo húmedo para quitarle el resto de polvo; luego le untan con una brocha un poco de grasa en los cascos y se acaba la puesta a punto. Sólo falta ponerle las vendas en los brazos, colocarle la montura, el cabezal con las riendas y ya esta listo el caballo para salir a entrenar en la pista.

Hasta que llegan a la pista no se monta el jinete; empiezan a trabajar al paso, andando, calentando; luego el trote suave, alrededor de la pista, a veces haciendo diagonales; el jinete transmite las órdenes de muchas maneras, las riendas guían la dirección y frenan el ímpetu del animal, las rodillas también trabajan; las espuelas y la fusta intimidan más que maltratan. Las caricias tras cada ejercicio bien hecho son también gestos que los animales agradecen y a la vez registran en su memoria. El entrenamiento tiene picos de pulsaciones altas en las cabriolas o en las galopadas y momentos de mucha compenetración ensayando distintos pasos, ejecutándolos con una elegancia de artistas.

Tras el entrenamiento, se repite el proceso, el jinete lo lleva hasta la ducha tras quitarle la montura, cabezal y vendas; le da una buena ducha con la manguera frotando todo su cuerpo con gel, lo enjuaga a chorro, le quita el agua con un artilugio muy eficaz y lo devuelve a su box de nuevo, donde le cubre con algo parecido a una toalla.

En este proceso, el jinete ejecuta un protocolo previo y posterior al entrenamiento que facilita la comunicación con su montura; un rito que transmite el respeto por el trabajo bien hecho

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