Tras diez días de lluvias volví al pueblo, las predicciones daban unos días buenos y hay que sacar el resto de la aceituna que aún queda en el olivar.
Son los últimos días, los pasaré sólo en la casa, la familia se fue de viaje y ya no encontraré la comida caliente cuando llegue ni a quien contarle sobre la jornada en el campo, afrontaré sin compañía la última semana.
Hay que esperar un día más, el lunes no podemos entrar a trabajar en el campo, hay que dejarle orear, permitirle que el viento y el sol sequen la capa superficial y no se convierta en un lodazal cuando empecemos a pisotear todo con nuestro labores.
Al siguiente día conseguimos entrar con los patucos cubriendo nuestro calzado que impide que el barro se pegue a nuestras botas.
La finca del Monte fue la última donde terminamos la Campaña, ésta tiene unos cerros por donde ruedan las aceitunas a placer; el trabajo más difícil es conseguir con un escobón, hacer un montón de aceitunas en algún sitio nivelado bajo el olivo sin que rodasen cerro abajo.
En el descanso de la mañana conversamos la cuadrilla, nos ponemos en círculo en torno del aperitivo y hablamos de muchos temas, a veces de cotilleos locales, y se le da un repaso a media comunidad; hoy hablamos de «la Rebusca», ese oficio, muchas veces clandestino y otras legal, en el que se recoge el fruto que ha quedado en el suelo sin recoger, bien sea por que ha pasado inadvertido por los jornaleros, o porque el propietario de la finca ha decidido no cogerlo por razones económicas.
La corrupción en la política ocupa un lugar preferente en nuestra conversación estos días, la indignación de la cuadrilla es mayor con cada noticia que comentamos, todo el mundo opina igual en general, menos uno, que ante la sorpresa general, de repente suelta eso de: si Franco levantase la cabeza…
