Con sólo la mitad de jornales que el año pasado, ya estoy viendo que se acaba la Campaña de recogida de la aceituna.
La cuadrilla tarda muy poco en despojarle de las pocas aceitunas que tienen a los olivos, y el número de jornales pasan volando.
Hoy salimos pitando del campo, la lluvia apareció tal como anunciaba, pero nos entretuvimos en recoger y los tractores terminaron remolcando nuestros todo-terrenos hasta la carretera por que los suelos del olivar de no laboreo son muy resbaladizos cuando llueve; es un piso muy prieto que se convierte en una pista de patinaje al caer tres gotas,… y llegaron a caer cuatro.
Este 2° curso ha sido corto, pero aprendí mucho.
Conseguí el título de rastrillo; ya pasé el de esportones el pasado año, en el que llené miles de ellos de aceitunas; este año estoy barriendo suelos, quiero pasar de curso, y llegar a la sopladora, categoría que aunque está igual pagada, parece más llevadero y seguro que no me salen los callos que tengo en las manos de la maldita escoba.
El contacto con esa herramienta es la que ha detonado mi decepción con el destino de la aceituna de este olivar. El mito que construí con la buena calidad del aceite de la cooperativa del pueblo, donde llevamos la aceituna que recogemos, se desvaneció mientras barría los suelos del olivo y amontonaba las aceitunas para que mi compañero las recogiese y echase a un esportón. Tardé tiempo en darme cuenta que la diferencia de calidad que tiene la aceituna cuando se coge del árbol, pura; esa aceituna es muy diferente a la que yo barro del suelo, que a veces machaco al pisarlas mis botas, y se reboza en los suelos que suelen tener herbicida en superficie y se mezcla con la que cayó por el viento hace semanas, fermentada, ya con bacterias de nombres impronunciables. Ese aceite que se produce con dicha materia prima no se parece en nada al que sacamos el año pasado desde las ramas del olivo directo a los fardos, sin tocar suelo, sin impurezas, acabaíta de coger.
Ya en Córdoba, descansando de la faena del campo por la tregua que me da la lluvia, con la seguridad que no volveré alli hasta dentro de una semana si nos lo permite el agua; y mientras pienso en esas aceitunas que aún quedaban entre el barro del suelo, que esperarán pacientemente a que volvamos a por ellas, para después ser mezclada en el molino con otras que vengan de vuelo, aquellas inmaculadas, sin pecado original.

