la huida de África a Europa

patera

Cuando sopla el viento de Poniente, en el horizonte de Tierra de Nadie se divisa una silueta tras el faro de Trafalgar que desaparece en el mar. A una distancia de 50 km está nuestro continente vecino. Los días claros posteriores a la lluvia, te invitan a subir a las dunas más altas de la playa a contemplar las olas del mar de fondo y descubres el perfil de África coronada por las montañas más norteñas del Atlas.
El espectáculo de este exótico horizonte cae a plomo cuando descubres una nueva patera en la playa. Justo donde ayer recogía conchas se encuentra una vieja y vacía embarcación de madera repintada en azul oscuro que imaginas llena de dramas pasados y con un futuro incierto lejos de casa, en tierra inhóspita.
Esos mismos botes, que aquí se llaman pateras, pero en otros continentes son cayucos o balsas, contenedoras de idénticos dramas, no siempre quedan varadas en las playas de Europa o Miami o Puerto Rico; desgraciadamente la peor parte de esta tragedia recae sobre las numerosas vidas ahogadas que se cobra la búsqueda de la quimera de llegar a Europa. La travesía del Estrecho, tal como la de Alepo es una etapa más del largo éxodo que recorren los emigrantes africanos huyendo de terribles hambrunas, crueles guerras o matanzas de sangrientos iluminados que no tienen escrúpulos de meter en sus filas a niños soldados ni devastar poblados violando y raptando a los más indefensos.
No olvido a esos héroes comprometidos que trabajan por los emigrantes recibiéndoles con mantas en el puerto de Barbate, salvándoles la vida desde las costas de Grecia o luchando por su dignidad en la cárcel provisional de Archidona. Ni olvido a los periodistas que trabajan en África, parapetados entre hambrunas o conflictos bélicos y a los contados medios de comunicación que le hacen un hueco a sus crónicas entre las secciones menos relevantes.
Hace años tuve la suerte de escuchar en Córdoba, al grande José Mújica, en el marco de unas jornadas sobre la Felicidad. Perugruyadas!, voceaba indignado el ex-presidente de Uruguay con su habitual coherencia. Nos reprendía a los europeos por ser tan cortos de vista y no darnos cuenta que nuestro continente está tan viejo que no podrá afrontar las pensiones del futuro y planteaba la acogida de emigrantes de África como una solución en vez de un problema derivado en tragedia, que está provocando una de las mayores Calamidades de la Historia.
Ese habitual goteo de cadáveres nos está inmunizando de esta tragedia mientras muchas voces legítimas avisan del juicio que nos harán las próximas generaciones por haber mirado a otro lado de este Holocausto al que estamos asistiendo.

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