Ha llegado la Primavera y con ella los vencejos. Las tórtolas prefieren surfear sobre las rachas de viento. Una pareja de mirlos filtrea levantando su cola y charlando alrededor del gran charco que hay en Tierra de Nadie junto a unos gorriones que picotean el césped recién cortado mientras las nubes y los claros cruzan de lado a lado de mi horizonte. La sorpresa me la dan las perdices llamando a su collera mientras desayuno en el porche o muy contadas veces me sorprende un pato que levanta el vuelo desde la charca que hay escondida en el trigal, con esa propulsión que le hace despegar al menor ruido. Quien menos me sorprende es el vuelo potente de la gaviota, curtida marinera de costa, una vecina con la que comparto espacio durante la mayoría del año. A quien añoro el resto de los meses es a la familia de jilgueros que coloniza el gran eucalipto del jardín y me arrulla en las siestas de verano con su conciertos para flauta. Son veraneantes; como los cernícalos, los reyes del escenario, especialistas en vuelos acrobáticos quienes, igual se quedan clavados en un punto observando su presa sobre la paja del trigo, que le hacen un picado mortal a diez metros; es el mejor piloto de los personajes. Pero aún queda tiempo para que lleguen los cernícalos, antes pasarán frente al porche cormoranes, milanos, ibis y grandes bandadas de aves migratorias que soy incapaz de distinguir en la distancia cuando cruzan mi paisaje en sus largas etapas de ciclos anuales. Las garcillas blancas son más de final de verano, cuando los tractores levantan la tierra con sus aperos y éstas van siguiéndole picoteando entre los terrones y comiendo las lombrices que quedan al descubierto. Aún queda para el Verano, me susurran los vencejos, que hacen pasadas rápidas sobre las espigas del trigo engullendo insectos. Respiro profundo, un estímulo ofensivo hace incorporarme y suelto un gran estornudo; ya está aquí la Primavera, es hora de volver a Córdoba, a pasar con Blanka en bici bajo los naranjos, endulzados bajo el azahar antes de que el polen del olivo y las gramíneas inunden el aire y desordenen mi sistema inmunológico.
Las aves de Tierra de Nadie
