Las Mujeres han interpretado el papel principal en el desarrollo de la raza humana pero quedaron relegadas en el ingrato relato de la Historia a un papel secundario frente a los protagonistas de las conquistas, guerras y sangrientas hazañas de los Hombres. Destinadas por una tradición no escrita a la crianza de los hijos, a las tareas domésticas y privada del acceso a las oportunidades a las que los hombres accedían cómodamente, han criado y cuidado a generación tras generación hasta el día de hoy.
Sin duda este siglo XXI será el punto de inflexión de la normalización de género. En otras partes del mundo tardará más en llegar, pero el camino tiene un destino que ya oteamos claramente. El pasado siglo, se abolió la esclavitud, un hito perfectamente comparable que cayó por su propio peso.
En este camino aún existen obstáculos que tenemos que superar, como la desigualdad salarial que menosprecia el esfuerzo femenino o el techo de cristal que limita las aspiraciones justas de las mujeres. Pero la principal batalla que debemos ganar es el final de las víctimas colaterales: las mujeres maltratadas y asesinadas por el terrorismo de género; las últimas sacudidas violentas del opresor que siguen tiñendo las páginas de la Historia Contemporánea. El antídoto contra esta lacra a corto plazo es la concienciación social frente al abuso y un pacto de fuerzas políticas que proteja de una forma eficaz a la víctima poniendo a su servicio las instituciones y unas leyes eficaces. La educación en valores a nuestros hijos y el rechazo social nos permitirá a medio y largo plazo llegar juntos al final del camino.
Tengo la esperanza de que la Mujer redactará de una forma más humana y menos épica los próximos capítulos de la Historia.
