Este verano las vacas llegaron más tarde a Tierra de Nadie que los toros del Marqués del Cubillo a la Monumental de Pamplona.
Cada año veranean frente a casa un rebaño de vacas colorás para comerse el pasto que sobró de la recogida del trigo de la pasada campaña. Vienen de una loma cercana a Vejer donde pasan la mayor parte del año. Nos conocen de veranos anteriores, de vernos atravesar el campo camino de la playa. A veces nos miran asombradas, mientras relamen la paja seca, al vernos tirar de un carro con tablas de surf y la infraestructura playera o cuando les ladran Japi y Pipo asustados de semejante porte de cuernos que lucen.
Las vacas dan movimiento al horizonte, vagan pastando sin rumbo tal como en un selfservice. Duermen campo arriba, cerca de la carretera, acompasando el sueño con las interminables caravanas de coches que circulan en verano. A la tarde, todas juntitas, bajan a beber al pozo junto a la playa, desde donde divisan entre las dunas una linea colorida de sombrillas.
A veces conversamos con ellas, siempre hay quien se arranca con un bramido, pero pocas veces levantan la cabeza para prestar atención al espontáneo mostrándole total indiferencia.
El verano trae una serie de rituales que hacen que éste derive en monotonía; bajar a la playa cada conlleva embadurnarse de crema, preparar la fruta de media mañana, cargar con la sombrilla … y saltar la valla eléctrica para pasar al camino de la playa. A los niños hay que levantarle el alambre con cuidado para que se cuelen por debajo, pero los mayores lo pasamos por arriba parando la respiración por no llevarte el pellizco eléctrico mientras notas que las vecinas aguantan en silencio la carcajada.
Las horas en las que aprieta el calor lo llevan mucho peor que nosotros; ellas siguen hocico al suelo barriendo los tallos del trigo con el sol apretándole en el lomo mientras que nosotros comemos tras la ducha con la manguera a la sombra de la parra y tras el almuerzo, cada uno va eligiendo la sombra donde echar unos cojines y dormir un rato.
Superar la siesta de verano no es fácil; se tarda un tiempo en recobrar el conocimiento y comprobar que los músculos te responden. ¿Cuantos quieren café? el mejor recurso es la cafetera grande, donde hay café suficiente para una tarde de tertulia. Al levantar la vista de la taza, antes del azul horizonte, vuelvo a ver a nuestras vecinas, que bajan pastando, camino del pozo; a llenar las panzas de agua fresca y a rumiar su desdicha, junto a la playa.
