No es fácil dar por finalizada una sobremesa en primera linea de la Caleta flanqueados por bandejas de pescado frito y regadas con vino joven de la tierra. Y se complica más cuando la conversación se adorna con divertidas anécdotas de la travesía, pero queda un largo viaje de vuelta y la amenaza de caer el viento pesa sobre nuestra aventura.
Tenemos una baja por anisakis camino del hospital que no parece grave y de la que se hace cargo Ángel con el apoyo del equipo de tierra. Para cubrirla se incorpora a la tripulación Ramón, un sobrino del Capitán, con poca experiencia marinera pero dispuesto y disciplinado, valores muy apreciados a bordo del Hope I.
Entre el equipo de tierra está Sebas, que también quiere enrolarse en la vuelta a Santicpetri. A mí no me parece buena idea pues está muy débil de salud y pueden presentarse problemas en el viaje de vuelta, pero acato la decisión del Capitán sin rechistar.
Por fin recibimos la orden de partida y asumo el puesto de Segundo a bordo, más que nada por la ausencia de competidores al puesto.
Consciente del retraso que llevamos, el Capitán decide flanquear el cabo del Castillo de San Jorge en un único bordo en el que pasamos rozando los bloques de hormigón del espigón.
Con la proa puesta al Sur, hacemos el viaje viendo tierra a babor, la perspectiva es la misma de la mañana pero la luz que desprende el sol mientras cae a poniente embellece la silueta de Cádiz. El viento nos da una velocidad constante y el Capitán le va sacando el máximo partido al aparejo y me cede la caña del timón. Sebas se tumba en el banco a la sombra de la vela acomodado sobre los chalecos salvavidas, las constantes diálisis semanales le han mermado su salud.
Como era de esperar, al caer el sol, lo hace también la fuerza del viento y navegar en el Hope tiene un plus de riesgo por que carece de motor de apoyo.
Cuando llegamos al final de la playa de la Victoria hemos recorrido la mitad de la travesía, le sigue la playa de Cortadura y ya se divisa la isla de Santicpetri, muy pequeñita, allí en el horizonte. La velocidad del viento ha bajado, empieza a hacer frío y a Sebas se le ve cansado, se incorpora y se sienta en el banco, cierra los ojos y se agarra al mástil como quien se aferra a una vivencia que no quiere perderse.
El Capitán me clava serio su mirada cuando propongo usar el remo para avanzar un poco y desisto de la idea.
Ya podemos distinguir los detalles del castillo de Santicpetri pero la estela que va dejando el Hope I casi ni se aprecia. Nos acercamos a la costa por si se complica la situación, a pesar de que la brisa afloja en la orilla.
Si una situación es complicada, siempre tiende a empeorar; sabemos que al llegar a la bocana de la ría nos vamos a encontrar con la vaciante de la bajamar, otro factor en contra que debemos superar.
Los rayos de sol son tibios y éste empieza a acercarse al horizonte. Cuando llegamos a la ría, Sebas se hizo cargo del timón, atamos un cabo a la proa y el resto de la tripulación nadamos a tierra firme rememorando hazañas épicas en las que la tripulación de navíos subían el cauce de ríos navegables jalando de un cabo desde la orilla.
La angustia era tan latente que el dueño de otro barco varado en la orilla nos ofreció su ayuda; subió su familia a bordo y nos alargó un cabo para remolcarnos a puerto, a escasos doscientos metros frente a nosotros. Nuestro Capitán, con el orgullo herido, se negó a arriar las velas y en una hábil maniobra soltó el cabo que nos arrastraba y entró triunfante al pantalán bajo la mirada de asombro de nuestro salvador.
La alegría se eclipsó de nuevo cuando amarramos el barco, una horda de feroces mosquitos hambrientos se cebó en la tripulación. Desmontamos el aparejo y corrimos exhaustos hasta las duchas del club náutico.
Meses después, escribo esta crónica como homenaje a Sebas y ahora comprendo porqué se aferraba al mástil, como quien no quiere desprenderse de una experiencia vital que llevarse en el equipaje del largo viaje que acaba de emprender.
Hasta siempre, compañero.
