la singladura a la Caleta I

caleta
Cada año, en verano, volvemos a la costa, como si las mareas ejerciesen su poder de atracción sobre nosotros en su ciclo anual.
Cuando llegamos, se nos brinda un abanico de diversiones; entre ellas está la vela ligera, un deporte desconocido para mí hasta hace poco.
Pocas veces se le puede hablar de tú a tú al mar como sobre un barco de vela ligera.
Éste se llama Hope I y al mando, nuestro Capitán, Emilio Salvador, curtido en lagos y pantanos de las cercanías de Madrid. Él lleva a la máxima tensión el aparejo del Hope I en verano, cuando aparece por el Palmar de Vejer a primeros de Agosto.
Al llegar, pasa lista entre los veraneantes capacitados para navegar y establece el rango de la tripulación conforme a los méritos alcanzados.
Cada verano ambicionamos una nueva meta; tal como los antiguos marineros anhelaban descubrir nuevos horizontes. Los tripulantes del Hope I proponemos a nuestro Capitán un destino, una aspiración que mantenga la moral alta, un ansia de conquistar sueños de verano, de llegar a puertos desconocidos.
El pasado verano pusimos nuestro objetivo en la playa de la Caleta de Cádiz, un puerto pequeño, pero no menos relevante.
La pequeña cala está ubicada en pleno centro histórico de la Tacita de Plata. Flanqueada por el Castillo de S. Sebastián por el lado Sur y el exquisito parque Genovés por el Norte. Escenario de conocidas películas, es un lugar emblemático para los gaditanos y para la tripulación del Hope I, que puso la proa hacia este destino en un día de verano con previsiones meteorológicas óptimas.
Nuestra embarcación estaba atracada en Santic-petri, un puerto deportivo a escasos doscientos metros de la bocana que defiende el Castillo que lleva su nombre. De madrugada, desayunados, con las provisiones a bordo y cada uno en su puesto, el Capitán dio la orden de soltar el cabo que nos amarraba al pantalán. Con una rápida maniobra salimos a la ría y la corriente de la bajamar nos arrastró hasta la bocana; allí el Poniente nos empujó en una larga ceñida paralela a la costa. Durante la travesía identificamos fácilmente con la carta marina cada paraje que divisábamos.
A bordo del Hope I cada uno tenía su misión, la caña del timón es del Capitán aunque a veces se la confía a Jaime, su ocasional segundo. Mi responsabilidad en esta travesía se ciñó a las comunicaciones con tierra y el testimonio gráfico de fotos y video con la Gopro. Ángel se encargó del abastecimiento de provisiones.
Al pasar frente a Camposoto y divisar a proa el Castillo de San Sebastián, el Capitán dio la orden a cocina que preparase un tentempié con unos mangos como los que inspiraron a Carlos Cano su habanera de Cádiz “un tango que sabe a mango”.
Tanto el sol como el viento de Poniente machacaban nuestras espaldas y nos acercaban a Cádiz en un largo trávelling en el que íbamos viendo la costa. Al llegar frente a Cortadura, donde empieza la extensa playa de la Victoria, que baña la ciudad de fuera de Puerta Tierra; el capitán ordenó abrir la nevera de los botellines y empezar con el temprano aperitivo que preparó nuestro cocinero emplatando con destreza las anchoas sobre el papel de estraza esquivando el vaivén de la botavara. Al pasar frente a Puerta Tierra el maestro de ceremonias dio paso a los mejillones con patatas y acompañando a éstos llegaron más botellines de cerveza.
Mientras comentábamos los monumentos que surgían en el horizonte, a Jaime le empezó a picar todo el cuerpo y a hinchársele los labios. El segundo de a bordo se autodiagnosticó un brote de anisakis con el que convive desde hace años. La llegada a tierra se convirtió en una misión urgente. Llamamos al equipo de tierra para encargarle omeprazol.
Doblar el Castillo de San Sebastián y divisar la Caleta fue un momento memorable, tanto por el anhelo estival como por la urgencia sanitaria de nuestro compañero que aunque dominaba en silencio la angustia de la alergia, no paraba de rascarse por todo el cuerpo.
Fondeamos entre barcas de poco calado del club náutico y fuimos andando hacia la orilla con el agua por la cintura y la moral a flor de piel como auténticos marineros que van escribiendo la historia verano tras verano.
Ni la banda de música ni el equipo de tierra nos recibieron a nuestra llegada, así que llevamos a Jaime y a su anisakis al puesto de socorro de la Caleta, donde le inyectaron corticoides antes de trasladarle al hospital como manda el protocolo de estos casos.
Mientras a Jaime le hacían efecto los antihestamínicos, el resto de la tripulación junto al retrasado equipo de tierra dio cuenta de un frito variado en el chiringuito de la playa comentando la travesía y preparando la vuelta a Santicpetri.

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