Empieza la última semana de trabajo en la recogida de la aceituna. Han sido ocho semanas, queda un pequeño esfuerzo y completaremos la campaña con éxito. El último día se celebrará la Zambomba, una tradición de hace muchos años, en la que el dueño del olivar invita a la cuadrilla y compra viandas para un gran homenaje en el cortijo. Yo he asistido a varios años como invitado, pero la próxima vez asistiré con legítimo derecho. Todas las cuadrillas del pueblo la celebraron ya, sólo quedamos nosotros.
No está claro si son cinco o seis los días de trabajo que quedan, depende si la cuadrilla está completa; hoy faltaron tres compañeros; olivos quedan, esta finca es grandísima, y aceitunas tienen.
Como cada lunes, me costó levantarme y más con la ola de frío que está entrando. El trabajo fue llevadero; tras el almuerzo, bajé a un arroyo seco con un saco vacío y me eché una siesta sobre él, me escondí del viento frío que soplaba en el olivar. Un sueño de quince minutos en el que descanso como en una siesta con pijama en casa. Luego me tomé un café de mi termo y terminé la faena, un par de horas y media que pasaron volando, y después, cuando terminamos a media tarde, esa luz, esa luz de invierno tan cálida que se filtra sobre el olivar

