27 de Enero / 6090 kilos

 

Otra vez las predicciones auguran lluvia para hoy. Sueño con levantarme un mañana, asomarme al patio y verlo encharcado, encender la chimenea bien temprano y sentarme frente a un buen desayuno acompañado del periódico o escuchando las noticias en la radio. Pero creo que tendré que aplazarlo hasta pasado mañana domingo, pues los pronósticos han fallado de nuevo. Aunque llovió un poco, se secó el patio y la cuadrilla fuimos a trabajar.

El planteamiento de la jornada fue diferente a cada día. El manijero eligió cuatro largas hilás o filas de olivos que iban muy cargados de aceitunas. El ritmo fue frenético, como un preciso reloj, nos coordinábamos todo el equipo, los vareadores encontraban los fardos puestos y limpios al terminar cada olivo y las mujeres iban recogiendo las aceitunas del suelo. Al llegar a la hora del aperitivo habíamos llenado un remolque y teníamos muchas fardillas que rebosaban aceitunas de vuelo. Mientras tomábamos la cerveza con patatas fritas y avellanas mirábamos al cielo; alguien habló de un caballito que se estaba formando en las nubes, que pronto llovería, el manijero organizó la retirada, había que doblar los fardos y recoger las herramientas. Comeríamos en el cortijo y al volver el remolque de entregar la primera carga, llenaríamos el segundo con lo recogido hasta ahora. Ya hemos resuelto la jornada, nos sentamos en torno a las dos chimeneas encendidas de la nave de aperos y comimos juntos.

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