El momento del aperitivo del mediodía es un regalo, siempre te pilla de sorpresa concentrado en la tarea. Al grito de vinoooo! del manijero, nos miramos entre todos y avisamos al que no lo oyó por el ruido de las máquinas, sonríen al darse cuenta. Formamos un círculo alrededor del kit del aperitivo, cada día lo mismo, como mucho un día cambia la marca de las patatas, pero la misma variedad y cantidad. Es justamente lo que se apetece en ese mismo instante, lo justo para llegar al almuerzo con energía. Hoy lo hemos tomado al socaire de la Solana, el aire frío de aquí, tras un muro del cortijo de Mojón Blanco, aprovechando que el tajo está cerca.
Charlábamos sobre las costumbres que se usaban hace décadas en el aperitivo de la jornada, era el mismo manijero el que invitaba a vino de su bota a la cuadrilla, les cortaba unas lascas de tocino, chorizo, pan…; la conversación derivó en las matanzas, hablamos de la solidaridad entre los vecinos de los cortijos que se invitaban a participar y ayudaban en la faena de fabricar los embutidos y derivados del cerdo que criaban. Volvimos a tirar de fardos un rato hasta la comida, que improvisamos dentro de la nave de los aperos con tres mesas viejas, me pareció un paladar cubano, hasta que lo desvirtué al abrir mis enseres y ver un envoltorio de plástico con una fila de rodajas de chorizo de Mercadona. Me prometí volver a hoyo de pan con aceite, la tripa de salchichón de venao y la navaja.

