Hoy llegamos a doña Pilar envueltos en una espesa niebla que no nos dejó hasta las once de la mañana. Imposible empezar a trabajar, demasiado mojado el olivo, nos pondríamos chorreando y los fardos pesarían mucho más.
Para hacer la espera más amena encendieron un fuego. Con un clinex y las ramas de los restos de la poda del vecino encendieron una fogata con llamas que alcanzaron los dos metros; al convertirse en brasas fuimos imaginando qué cocinaríamos en ellas. Se levantaron el sol y el viento solano a las once y dejamos de ensalivar pensando en la barbacoa. Cogimos nuestras herramientas y nos dispusimos a acabar el pedazo de doña Pilar antes del almuerzo.
La jornada de la tarde dio comienzo en otra finca, de nombre escatológico, «Mojón Blanco». Un olivar de 35 hectáreas, con un antiguo cortijo, donde finalizará la campaña. Un mar de olivos cargaditos de aceitunas. Lo comprobamos esta tarde, en menos de tres horas cargamos un remolque, preludio de lo que nos espera.

