Hasta que me dio la jaqueca esta mañana llegando al trabajo, no había sido consciente de que la romántica sinfonía de los pajaritos y cantos aceituneros durante la recogida forma parte de la Mitlogía; los rugidos mecánicos de tractores, sopladoras, torbas y vibrillos, es la banda sonora del trabajo. Las únicas treguas son las paradas de descanso; de repente, descubres el silencio del olivar, con fondo de bromas y chascarrillos de la cuadrilla. Al rato, arrancan las herramientas en la finca de al lado y desaparece el silencio para dar paso a una conversación lejana, en el horizonte, entre sopladoras y vibrillos, con intervenciones esporádicas del tractor diésel con el traqueteo de la torba cimbreando la carga para que cribe la suciedad. Por suerte desapareció el dolor de cabeza tras la comida por el calmante que me dio un compañero y una siestas de diez minutos en el patrol. Al rato me encontraba bien, tan bien que no miré con ansiedad. el reloj como días antes, buena señal.

