El ritmo laboral de cada día se va transformando en una rutina, la novedad de la situación se desvaneció, y cada día que pasa, me acostumbro más. El madrugón es más duro si duermo en Córdoba, pues viajo en bus viendo amanecer por las campiñas del norte del Valle del Guadalquivir mientras escribo mi crónica en el blog. Si duermo en Cañete de las Torres, el amanecer lo disfruto mientras desayuno frente a la cristalera del patio de la casa de acogida de mis suegros. Despierte donde despierte, a las nueve menos cuarto debo estar en la puerta del cocherón donde se guardan los aperos de la aceituna. Uno a uno van llegando los compañeros y van comprando el pan en el despacho de enfrente. En dos patrols, y separados por sexos, nos vamos acoplando en el frío eskai de la tapicería entre nubes de tabaco. El camino hasta el tajo es por una destrozada carretera con mucho tráfico de cuadrillas y tractores cargados de remolques de aceituna. Se aparca en el campo, junto al corte (el lugar donde ayer terminamos), cada uno con su bocata en la mano, mientras el manijero diseña la táctica de ataque. Ordena a cada uno la función que tendrá durante la jornada y nos ponemos a ello hasta las doce y media que paramos a tomar un aperitivo a base de cerveza, patatas y aceitunas, un bendito descanso entre bromas de la cuadrilla. No trabajaremos más que una hora tras el descanso, al grito de ollaaaaaa! El manijero da paso al almuerzo en que da tiempo a comer y descansar lo justo antes del último empujón de mas de dos horas, dependiendo de los resultados o si hay entierro en el pueblo, daremos de mano.

