Interminables hilás de olivos esperan en Mojón Blanco con su aceituna, pero la cuadrilla avanza, de cuatro en cuatro hilás vamos llegando a las cañas del final. Aquellas cañas que me parecían tan lejanas las veo ahora más cerca, tan cerca que pasado mañana comeremos junto a ellas.
Hoy tenía de compañera a quien me enseñó semanas atrás casi todo lo que sé de este arte de recoger la aceituna. La he visto además volcar toda la aceituna de un fardo a otro fardo en una maniobra lo más parecido a una coreografía. Tienen tan estudiados los movimientos que lo bailan. El resto de la cuadrilla es parte del espectáculo: la orquesta la forman los vibros y las varas, las rastrillas también suenan. El manijero no es el que tiene la culpa de que no halla compás, él elige la partitura y los demás la interpretamos. Mi compañera marcó un ritmo tan frenético que acabé agotado al final de la jornada. Con otro compañero íbamos cambiando los fardos para dos equipos de vibros y vareadores, y vaciando la aceituna, ella a veces animaba como a la selección española y siempre con una sonrisa.

