Ayer volví con la familia de vacaciones. Desde el coche, bajo la luz del atardecer iba mirando largo al horizonte; me sorprendí observando detalles que antes no prestaba atención: los campos de trigo brotando, sembrados sin roales, sin torcerse la mesana; los campos arados en barbecho, esperando las pipas, olivares con la aceituna recogida y aradas las claras, olivares con la aceituna en el arbol y en el suelo. Hoy Lunes bajé con ganas de trabajar al cocherón, para certificar que había terminado la Navidad, y el desenfreno consumista había parado; bueno, cuando acaben las rebajas.
La cuadrilla no tuvo ni tiempo para ir de compras, trabajaron los tres días que estuve fuera. Hoy había algunas bajas: dos universitarios y un compañero que iba al médico. Las bajas se notan, aunque hay mucha aceituna y el remolque se llena a buen ritmo. Llenamos dos, como siempre. El segundo sale a las cinco del campo, pero Javier, el compañero que la transporta no llegará a casa hasta las nueve de la noche por que se forman largas colas en las limpiadoras, de los socios de la cooperativa que entregan su aceituna a la vez.

