Durante nuestras vacaciones de Semana Santa en el Palmar de Vejer (Cádiz), decidimos hacer una visita familiar, es decir con la tropa; a la Almazara Sancha Pérez en Conil de la Frontera.
Hace años que compré su aceite en una tienda de delicatessen en Conil y me llamó la atención el hecho de que existiese una almazara y un olivar tan al sur de Andalucía y probé a localizarlo; no fue empresa fácil por que desde la carretera no se veía la mancha de olivos, pero cuando descubrí la indicación en la carretera y me encaminé hacia la finca, me llevé una gran sorpresa al dar con un pequeño valle flanqueado por un olivar en un lado y una viña en el lado opuesto. Encabezando el valle está la Almazara, una nave de trazo cúbico y original diseño lejos de las formas clásicas de las bodegas de la comarca.
El creador de la idea, Ramón, es un ingeniero que emprendió este proyecto hace ya siete años. Debió ser tan dura la batalla al emprender esta actividad que Jordi Évole le hizo años atrás una entrevista en la que cuenta el viacrucis que tuvo con las administraciones para conseguir los permisos.
A priori, pensar en la originalidad de una almazara no despierta mucho interés, puede ser una más de las que hay en Andalucía, pero cuando ésta está ubicada en la costa más meridional de Europa; costa que recibe oleadas de turistas en verano, se convierte además de actividad agrícola en un producto turístico de primer orden. A la peculiar ubicación se le suma el hecho de que esta actividad se realiza bajo una certificación ecológica, utilizando productos que respetan el entorno y con el mimo artesano de Ramón Iglesias, quien siempre encuentra un rato para enseñar la finca a los visitantes y atender las curiosidades de mayores y pequeños
Los 25.000 kilos de aceite que produce se venden sin mucho esfuerzo de acciones de márketing en las tiendas gourmets de la zona, el argumento local es decisivo a la hora de llevarse un sabroso souvenir por parte de los turistas para regar las tostadas con zumo de la tierra.
Las cinco mil botellas de vino que produce su viñedo salen sin dificultad al mercado, de hecho es raro el día que no aparece algún visitante por la finca en busca de algunas botellas. Las nuevas variedades que van creciendo en el flanco de poniente del valle junto a pequeñas partidas de uvas que Ramón compra a otros productores locales certificados en ecológico aumentarán la producción de caldos que descansan en sus barricas de roble francés. Ramón va colocando sus caldos en tiendas locales y posicionándolos en restaurantes prescriptivos de las capitales gastronómicas de España.
Un paseo con los niños por la finca es una divertida y enriquecedora experiencia. Ramón goza transmitiendo a los niños el respeto por el entorno natural, la función que desempeña cada insecto que nos encontramos, cómo debemos respetarlos y no pisarlos…, hasta que llega a los caracoles, esos malditos invertebrados que se esconden en el envés de las hojas de sus parras y se devoran las tiernas metidas y las diminutas uvas que van naciendo; los caracoles son su principal enemigo y toda la tropa de niños forma en batallón recogiéndolos a puñados para después exterminarlos sin piedad.
