Se merecía un gran día como el de hoy el cierre de la campaña de la aceituna.
Monté en el autobús desde Córdoba con ganas de trabajar en el campo, no me importó el madrugón. Al llegar al punto de encuentro, toda la cuadrilla sabía que era el último día de trabajo; por eso, en el reparto de las tareas, me concedieron el vibro, que zarandea las ramas del árbol . «No son más que cincuenta olivos», pensé, «no será difícil». A poco de empezar ya le cogí el truco con la ayuda de mis compañeros; pero al rato, la máquina empezó a pesar colgada de mi hombro y yo no veía el final de la hilada de olivos; aguanté distrayéndome observando los efectos de los contraluces del polvo del olivo y el repiqueteo de la lluvia de aceitunas. A veces, colgaba la maquina en las ramas mas altas y así descansaba unos segundos el peso del vibro.
Acabamos el último olivo a la hora del aperitivo y bajamos al cortijo a comernos una paella (que en Córdoba se le llama perol) que cocinó un compañero para celebrar el final de la campaña. Cada uno debía llevar su cubierto y su bollo de pan. Pusieron sobre las brasas de la chimenea productos del cerdo para ir abriendo boca: panceta, chorizo y morcilla, y mucha cerveza que previamente se había enterrado a la sombra tras el cortijo. Acabamos el rico arroz al ritmo de cucharada y paso atrás, mientras nos reíamos contando anécdotas de la campaña, hicimos balance de la misma.
En frío, ya un día después, califico mi experiencia de jornalero como muy enriquecedora, una aventura en la que he aprendido mucho del olivar, del trabajo en equipo, ha sido bien remunerada y una fuente de inspiración de este blog.
una experiencia que quisiera repetir en otra próxima campaña.


Me encanta. Que poco valoramos el trabajo ajeno mientras mojamos el pan, Un beso.