Lunes, otra vez el bucle semanal. Salgo temprano desde Córdoba, empieza a amanecer, los bancos de niebla también se levantan hasta dejar un cielo azul y limpio al llegar a Cañete de las Torres. Trasiego de tractores y cuadrillas por las carreteras y los pueblos de el Carpio y Bujalance.
El bar las Torres en Cañete es de mi amigo el Enano, un bético fuera de lugar. Las paredes y el techo tienen aún el rastro del humo de los miles de cigarros de antaño. La parroquia la forman exclusivamente hombres aunque no haya cartel que prohiba la entrada de mujeres. Eso sí, el café está muy bueno; tan bueno, que me he comprado un pequeño termo para tomarme uno después de la comida en el campo. Ese café lo disfruto como ninguno. Es la dosis de cafeína que necesita mi cuerpo para arrancar tras el almuerzo, para afrontar la jornada de la tarde; no es mucho, son dos horas y media, pero es muy duro comerse un hoyo de pan con aceite y jamón y poco después escuchar lo de «vamos, recoger los enseres que vamos a echar otro rato» sin tomarse un rico café bajo un olivo.
