Ayer, en el almuerzo campero piaban los «aguaquí» en el olivar, unos pajarillos que anuncian la lluvia; alguien se fijó en el humo disipado de los aviones reactores que surcan el cielo azul, señal de agua. También lo cantaba el humo de la candela que hicimos con las hojas cribadas del suelo, se revocaba hacia abajo. Hoy llovería, con todas esas señales estaba claro, aunque en el telediario las obviasen; me desperté a media noche y por la ventana de mi cuarto, una fina lluvia caía sobre el patio; me volví a acostar haciendo planes para un día lluvioso.
Lluvioso y frío amaneció el Jueves. No hubo jornada de trabajo y me fui a Porcuna, un cercano pueblo, ya en Jaén. Siempre que lo visito me asombra el enorme mural homenaje a una parte de los caídos que aún perdura en el costado de la Iglesia casi catedral que corona el pueblo. Entre sus calles soplaba unas ráfagas de viento gélido que me encogían los huesos
En el mercado de Porcuna hay una carnicería donde venden un cordero muy bueno, los crían ellos. Habitualmente nos llevamos una caja con medio lechal, Rafael Jilico se llama uno de los dueños, él lo trocea y coloca en una caja que permanecerá en nuestro congelador durante unos sabrosos meses. compré también unas flores y volví a Cañete, me acomodé junto a la chimenea, mientras miraba por la cristalera el rastro de las gotas de una tardía lluvia.

