Están tan bien ordenadas la hilás de olivos que me desoriento; para mí es un reto difícil, pensé que sería cuestión de días o de semanas acostumbrarme, pero ya llevo un mes y medio y sigo perdiéndome. Siempre tengo que preguntar hacia donde vamos. No tengo referencias visuales, que no sean miles de olivos todos iguales. La orientación la llevo muy mal. Hoy me dijo el manijero: ‘carlos, vete al coche y llena la garrafa de agua’, le tuve que pedir que me diera una pista de donde estaba el coche, para no pasar la tarde dando vueltas por el olivar con la garrafa.
El pedazo, como le llaman ellos, que queda por recoger la aceituna, es un triángulo con mil olivos; consta de un cerro cara al sol, así le dicen por la orientación que tiene, y de una cañada. Lo cruzan varios arroyos secos que ha abierto el agua de las fuertes lluvias con el paso de los años. La táctica que lleva el manijero al trazar el tajo es terminar en los arroyos o evitar la Cañada en las horas tempranas por la humedad que deja la escarcha por la mañana en el suelo. Aquí me viene el laberinto, cada dos por tres cambiamos la dirección y me desoriento.

